Por Jesús Ramos
San Pedro y San Andrés Cholula viven una paradoja digna de estudio de las ciencias políticas, dos alcaldesas de partidos distintos, con presupuestos obscenos, resultados microscópicos y un enojo social que ya no cabe en las plazas públicas.
Tonantzin Fernández y Guadalupe Cuautle gobiernan municipios ricos, estratégicos, simbólicos. Miles de millones de pesos han pasado por sus manos y, sin embargo, la obra pública es raquítica, mal ejecutada y, para colmo, inflada.
El dinero se fue, pero las promesas no se cumplieron, lo único que sí creció fue la percepción de la corrupción y la inseguridad, ese impuesto no oficial que pagan día a día los cholultecas del oriente y del poniente de la pirámide milenaria.
En San Pedro, Morena recuperó el municipio con la promesa de hacer las cosas distintas a la panista Paola Angón. Después de un año esa narrativa se desmorona, Tonantzin Fernández gobierna con torpeza, sin control político, sin resultados tangibles y con una administración que parece más ocupada en justificarse que en gobernar.
Morena sabe leer los números y también las calles, los baches, el humor social. El repudio es cotidiano y transversal. Mantenerla en el 2027 sería entregar el municipio envuelto para regalo a la oposición. La pregunta no es si el partido guinda la sostendrá, sino cuánto tardará en soltarla.
Del otro lado, en San Andrés, el PAN enfrenta su propio dilema moral pues Guadalupe quiere reelegirse, quiere, pero no puede. Su gestión está marcada por los mismos males, inseguridad rampante, obras escasas y carísimas, y un malestar social que responsabiliza al color azul de su partido.
El PAN gobierna pocos municipios relevantes, San Andrés es su joya a conservar. Ir con Cuautle en 2027, en las condiciones actuales, sería un acto de suicidio político, por otro lado, pretender engañar a la gente con Mundo Tlatehui, su esposo, una desvergüenza.
Lo interesante y trágico es que Morena y el PAN coinciden en algo, ambas alcaldesas les representan un lastre. No generan lealtad, provocan hartazgo. Y el hartazgo, cuando se acumula no espera a la jornada electoral, castiga desde antes.
En 2026 el mensaje ya está escrito en calles, baches, luminarias, inseguridad y las raquíticas obras públicas. Perderán el 2027 desde un año antes. Las cholulas no están enojadas por la ideología, sino por el abandono. No reclaman milagros, reclaman gobiernos eficientes y honestos distintos a los que tienen. @noticiasreportero




